sábado, 28 de abril de 2012

Licence Renewed. Capítulo 2.



2. Pensamientos en un carril de Surrey.
James Bond cambió de marcha a tercera en su Saab 900 Turbo, apretando su mano izquierda contra la palanca. Arrimándose al borde de hierba y a continuación reduciendo una fracción de segundo para no llevar el coche fuera de la curva. Estaba conduciendo a través de una complicada serie de caminos rurales, "backdoubles" como los llamaban los taxistas de Londres, siguiendo un atajo a través de setos, campos ondulados y arcos que forman los árboles enroscados sobre los caminos de Surrey. Era una ruta a través del país que, finalmente, lo llevaría a la circunvalación de Guildford  y luego a las buenas carreteras camino de Londres.
Bond viajaba demasiado rápido. Un vistazo a la pantalla Head-up de los instrumentos digitales, que se refleja en el parabrisas de este Saab personalizado, le dijo que la máquina estaba circulando a setenta millas por hora. Decididamente era peligroso para este tipo de carreteras secundarias. El motor rugió cuando él cambió de nuevo y aceleraba a través de una serie de curvas en "S". Con sentido común y con cuidado se hizo cargo, y Bond aplicó un toque a los frenos, reduciendo la velocidad a un ritmo más realista. Todavía, sin embargo, se mantienía enojado. Ya por la noche había hecho el mismo viaje, en la dirección opuesta, a su casa de campo recientemente adquirida y decorada. Ahora, en esta hermosa noche del viernes a principios de junio conducía a una velocidad vertiginosa de vuelta a Londres.
El fin de semana había sido planeado desde hace algún tiempo, y como los constructores y decoradores se acababan de marchar, este iba a ser su primer fin de semana libre en la cabaña. Por otra parte él había planeado pasarlo con una amiga, una rubia ágil, magníficamente núbil que había conocido. El hecho de que vivía a sólo seis millas, más o menos, de la casa había influido mucho en la compra. Ese viernes había completado un montón de papeles en un tiempo récord, ni siquiera salió de la oficina para el almuerzo, para que pudiera salir del caos de tráfico de Londres en una noche de viernes con la suficiente antelación.
El campo estaba en su mejor momento, la fragancia mixta de un verano perfecto se filtraba en el coche, trayendo consigo una sensación de bienestar y de felicidad, algo raro para estos días.
James Bond no era un hombre supersticioso, pero mientras se acercaba a la casa esa noche, a él le pareció que había más urracas que de costumbre. Ellas volaban a baja altura, rodando y revoloteando a través de las carreteras y caminos, como los dados en blanco y negro en un juego. Bond pensó en el viejo adagio, 'Uno para dolor, dos para alegría ". Había un montón de urracas volando cerca del coche. Al llegar a la casa de campo, Bond puso una botella de Dom Perignon del 55 en hielo, a sabiendas de que podría ser magnífico o el vinagre de vino más caro que jamás habrían probado. A continuación, pasó a la sala de la planta baja, se quitó el traje de negocios un tanto conservador y se duchó, primero bajo un chorro de agua que casi le produce quemaduras y luego con agua helada que parecía que le pinchaban con agujas. Después de secarse vigorosamente con una toalla áspera, Bond se puso una pequeña cantidad de Colonia Imperial de Guerlain en su piel antes de ponerse un par de pantalones ligeros de estambre de la marina y una camisa de algodón blanco Sea Island. Se calzó unas cómodas sandalias de cuero suave y estaba sujetandose la correa de oro de su valioso Rolex Oyster Perpetual a su muñeca cuando sonó el teléfono. Era más bien un ronroneo, "el teléfono rojo ". Su corazón dio un vuelco. Tanto aquí en la cabaña como en su piso de Londres, James Bond, fué obligado a tener dos teléfonos: uno para  uso normal y un segundo, de color rojo: una pieza plana, sin botones para marcar números, llamado en su oficio una "trampa para escuchas telefónicas". Este seguro y estéril teléfono estaba directamente conectado al edificio con vistas a Regents Park conocido como la sede de Transworld Export Ltd.
Antes de que siquiera había puesto una mano en el teléfono, Bond experimentó su primer destello de molestia leve. La única razón para una llamada desde la sede en un viernes por la noche solo podría ser algún tipo de emergencia o un estado de alerta creado por M para el beneficio de Bond. La molestia de Bond fué, posiblemente, acentuada por el hecho de que al final las emergencias eran para sentarse en un control o en una sala de comunicaciones todo el día o ir a una sesión informativa compleja que terminaba con la orden de abortar la misión prevista. Los tiempos habían cambiado y a Bond no le gustaban algunas de las restricciones políticas impuestas a los servicios secretos, por el que había trabajado con fidelidad durante más tiempo de lo que quería recordar.Cogió el teléfono rojo.
-¿James?- Como Bond se esperaba era la voz de Bill Tanner en la línea. Bond gruñó una afirmación maleducada. -M te quiere aquí - dijo Tanner con una voz plana como una mesa de billar.
-¿Ahora?-
-Sus palabras no son aptas para decir por el teléfono, pero indicó que antes de ahora sería más que aceptable.-
-¿En un viernes por la noche? - Bond reflexionó y aumentó su irritación al imaginarse de forma rápida dentro de su cabeza el  idílico fin de semana a distancia al igual que una excelente botella de vino que se vierte por el desagüe.
-Ahora- repitió el jefe de Estado Mayor cerrando la línea.
Cuando llegó a la circunvalación de Guildford, Bond recordó el sonido de decepción en la voz de su novia cuando él le había telefoneado para decir que el fin de semana estaba anulado. Se suponía que debería ser un consuelo si es que había mucho para consolar a Bond en estos días. Había incluso momentos, hasta hace poco, él había considerado seriamente en renunciar. En un momento la frase habría significado la deserción, pero ya no.
-Cambió el  mundo, los nuevos tiempos, James- M le había dicho hacía un par de años cuando la noticia de que la élite Doble-0, lo que significa tener licencia para matar en el cumplimiento del deber, estaba siendo abolida.
-Tontos de los políticos, no tienen ni idea de nuestras necesidades. Nos han desmantelado antes de tiempo.-
Esto fue durante la Gran Purga, llamada a menudo en el servicio como la Masacre de SNAFU, similar a la masacre de Halloween famosa de la CIA, en la que un gran número de fieles miembros de la administración estadounidense habían sido despedidos literalmente durante esa noche. Algo similar había ocurrido en Gran Bretaña, lo que la pomposa Directiva de Whitehall llama "una lógica más realista que se aplica a los servicios secretos y de seguridad ".
-Tratan de limar nuestros colmillos, James- M había estado ese día deprimente, luego, con una de esas raras sonrisas que parecían iluminar los profundos ojos grises, M gruñó que Whitehall había topado con el hombre equivocado, mientras él todavía estubiera al cargo.
-Por lo que a mí respecta, 007, usted seguirá siendo 007. Voy a asumir la plena responsabilidad para usted, y usted como siempre, aceptará órdenes y tareas sólo de mí. Hay momentos en que este país necesita un solucionador de problemas, "un objeto contundente" , y por el cielo que va a tener uno. Pueden suprimir la sección de Doble-0 o simplemente pueden cambiar su nombre. Ahora será la Sección Especial. ¿Me comprende 007?-
-Por supuesto, señor. Bond lo recuerda sonriendo. A pesar de la actitud a menudo brusca y sin concesiones de M, Bond le quería como a un padre. Para 007, M y el servicio eran su vida. Después de todo, lo que sugería M era exactamente lo que los rusos habían hecho con sus viejos enemigos de SMERSH, Smyert Shpionam, Muerte a los Espías. Todavía existe, el núcleo oscuro en el centro de la KGB, después de haber pasado por toda una gama de metamorfosis, convirtiéndose en el OKR, entonces el Departamento de la Decimotercera Línea F, y ahora, el Departamento de Viktor. Sin embargo, su trabajo y la organización de base sigue siendo el mismo asesinato político, secuestro, sabotaje, la eliminación rápida de los agentes del enemigo, ya sea después del interrogatorio o como en actos de guerra en el campo de batalla secreto.
Bond había salido de la oficina de M en esa ocasión en un estado de ánimo eufórico. Sin embargo, en los pocos años que habían pasado desde entonces, había realizado sólo cuatro misiones en las que el prefijo doble-0 no había jugado ningún papel. Una parte de su trabajo era matar a la gente. No era una faceta de la vida que le gustaba, pero lo hizo muy bien en el ejercicio de sus funciones. Ciertamente no había ningún anhelo patológico después de ese tipo de trabajo. Era la vida activa que Bond se perdió, y el continuo desafío de un nuevo problema, una decisión difícil en el campo, el sentido del propósito y de servir a su país. A veces se preguntaba si estaba cayendo bajo el hechizo de ese malestar que parece en ocasiones agarrar por el cuello a Gran Bretaña: el letargo político y económico, combinado con una visión a corto plazo de los problemas del mundo.
Las cuatro misiones de Bond más recientes habían sido rápidas y cortas operaciones encubiertas. Si bien sería erróneo decir que James Bond anhelaba el peligro, su vida parecía ahora, a veces, carente de verdadero propósito.
Él todavía mantiene alta la condición física: cada mañana un riguroso entrenamiento de flexiones, elevación de piernas, brazos y ejercicios de respiración. Hubo un "repaso" en el combate y sigilo una vez al mes en el centro de formación de la empresa; practicas semanales con armas pequeñas en una galeria de tiro de sofisticada electrónica muy por debajo de la sede de Regents Park y al mes se disparan todo tipo de armas en la Cordillera de la Policía en Maidstone . Dos veces al año desaparecía durante quince días en la sede de SAS en Herefordshire.
Bond había logrado cambiar muy poco su estilo de vida, adaptándose a las presiones cambiantes de la década de 1970 y principios de 1980: recortar drásticamente su consumo de alcohol, y el encargo a su tienda del Grosvenor Street una nueva mezcla especial de cigarrillos con un contenido de alquitrán ligeramente más bajo que cualquiera de los que hay actualmente disponibles en el mercado. En este momento, veinte de estos cigarrillos, cada uno con los tres anillos de oro distintivos justo por debajo del filtro, yacía en la pitillera de bronce, bien ajustada en el bolsillo del pecho de Bond.
Por lo demás, los últimos años de Bond había sido la rutina de un funcionario ejecutivo de M: los trámites de planificación, de interrogar, de información, análisis, trucos sucios y operaciones de espionaje, con su cuota justa de oficial de servicio válido. Sus únicas alegrías extra durante este período habían sido la compra de la casa y el coche nuevo.
Él había imaginado un pequeño refugio en el país desde hace algún tiempo y encontró el lugar adecuado a ocho kilómetros de Haslemere. A una milla de la aldea más cercana. Encajaba a la perfección las necesidades de Bond y la compró a las veinticuatro horas del primer vistazo. Un mes después, los constructores y decoradores se habían puesto manos a la obra con instrucciones muy precisas del nuevo propietario.
El coche era un asunto diferente. Con los costos de combustible en su apogeo y la inevitabilidad de que iban a continuar haciéndolo, Bond había permitido que el querido viejo Mark II Bentley Continental ir por el camino de su predecesor, el Bentley 4.5 litros. Algunas cejas se levantaron en su elección de un coche extranjero, cuando toda la presión era para comprar una marca británica, pero Bond se encogió de hombros señalando el hecho de que se trataba de una empresa especialista británica la que llevó a cabo la personalización particular compleja y sofisticada: tales como la pantalla de instrumentos digital, el sistema de control de crucero y varias otras piezas, que fueron posible por el British know-how(1) y el poderoso micro-chip. No mencionó el mes durante el cual el coche había sido dejado en manos de los sistemas de control de multinacionales de comunicación (CAC) de la compañía, quien agregó algunos matices propios estándares: dispositivos de seguridad que hacían la boca agua a la rama Q. Bond pensó que era su coche, de él, no de la rama Q, la cual estaba bajo severa restricción financiera y de todos modos era él el que decidía qué características debían ser incorporadas. En varias ocasiones había visto al mayor Boothroyd, el armero, husmeando el Saab, y era ya común para él coger a los miembros de la Rama Q echándole un vistazo de cerca. Ninguno de ellos mencionó las cosas que no podían dejar de notar, como el cristal a prueba de balas, reforzado con acero, parachoques y neumáticos de alta resistencia con auto-sellado, incluso después de ser agujereados por las balas. Había otras sutilezas que nadie en la rama de Q serían capaces de detectar sin llevar un traje de bombero puesto. El Saab, ahora adaptado a los fines de Bond, era fácilmente convertible de gasolina a gas, si la situación del combustible se hacía aún más crítica. El consumo era bajo en relación con la velocidad, mientras que el turbo le daba ese empuje extra que siempre es necesario en una situación difícil.
Sólo unas pocas personas sabían lo de su casa, así que no había cejas levantadas o chistes acerca de que Bond tiene una casa de campo.
La carrera a Londres la noche del viernes casi había terminado en el momento en que llegó a Roehampton, de modo que el Saab ya estaba en la plaza de aparcamiento personal de Bond, en el garaje subterráneo del edificio de la sede, antes de las siete y media.
Bond se había apostado dinero a que M tenía algún trabajo estúpido y aburrido esperándolo, e incluso apostó consigo mismo mientras el ascensor subía en silencio hasta el noveno piso donde se encuentra el conjunto de oficinas de M.
Miss Moneypenny, levantó la mirada con una sonrisa preocupada cuando Bond entró en la oficina exterior. Esta fue la primera señal de que algo importante podría estar pasando.
-Hola, Penny.- saludó alegremente Bond, olvidándose de la irritación por la pérdida del fin de semana. -¿No tendrías que estar esperando a algún chico? Es noche de viernes, ya sabes.-
Miss Moneypenny ladeó la cabeza hacia la puerta de la oficina de M mientras hablaba: -Y él ha estado esperando por ti y me mantiene aquí en el despacho.- Ella sonrió. -Además, el único hombre que podía interesarme en la ciudad parecía estar en otra parte.-
-¡Oh Penny, aunque sólo sea ...!- Bond sonrió. Siempre hubo una relación especial entre ellos con bromas durante años, sin embargo, Bond nunca se había dado cuenta plenamente hasta qué punto Moneypenny lo idolatraba.
-Digale al Comandante Bond venga inmediatamente.- Sonó la voz metálica de M a traves del intercomunicador en el escritorio de la señorita Moneypenny.
Bond levantó una ceja burlona y se dirigió hacia la puerta. Bajando la voz, dijo: -¿Alguien te dijo alguna vez que Janet Reger(2) empezó su negocio contigo en mente, Penny?-
Miss Moneypenny todavía estaba ruborizada cuando Bond desapareció por la puerta del despacho de M y la cerró. Una luz roja de advertencia se encendió encima de la puerta. Se quedó mirandola por un momento, en la cabeza la imagen del hombre que acababa de entrar en el santuario de M: el bronceado de cara, con las cejas oscuras más o menos largas por encima de los ojos grandes y azules, la cicatriz de tres pulgadas de su mejilla derecha, la nariz larga y la boca recta, aunque cruel. Manchas diminutas de color gris habían comenzado a mostrarse en el cabello oscuro, que aún conservaba su juvenil coma de pelo negro sobre el ojo derecho. Hasta ahora no había aparecido la gordura alrededor de las mejillas y la línea de la mandíbula era recta y firme como siempre. Era el rostro de un atractivo pirata, Miss Moneypenny pensó, sacudiendo la cabeza ella misma como si soñar fuera algo incorrecto. Se preguntaba si debería haber advertido a James Bond de que M no estaba solo en su oficina.


Tal como James Bond abrió la puerta de la oficina de M, otra puerta se abría a unos quinientos kilómetros al norte de Londres.
El hombre que había salido de Dublín, tan hábilmente disfrazado, miró hacia arriba, levantándose de su silla y extendiendo una mano en señal de saludo.
La habitación en la que esperara era un lugar familiar para él ahora, después de tantas visitas: lleno de libros, con un gran escritorio militar, cómodas sillas de cuero y una impresionante vitrina que contenía, literalmente, incalculables armas antiguas, un par fusiles de plata, pistolas, un conjunto combinado de armas americanas de Kentucky ricamente incrustadas, una pistola  francesa de rueda con perlas y decorada en oro, un par de pistolas machete y una Allen con seis tambores giratorios. El artista del disfraz conocía todas las piezas y las deseaba en cada visualización. Todo el lugar tenía ese aire de solidez que viene con lo que se conoce como "dinero viejo".
La persona que entró en la habitación era su propietario, el anfitrión del hombre de Dublín. Se estrecharon la mano y el huésped esperó en silencio hasta que su patrón se sentara en la gran silla detrás de la mesa. No habló hasta que él estaba sentado.
-Es bueno verte de nuevo, Franco.-
-Bueno también para mi. Me gusta trabajar para usted, lo que siempre hace la diferencia...- El hombre que le llamó Franco hizo una pausa, buscando las palabras. -...ya sabe, después de tanto tiempo, nunca sé cómo dirigirme a ustedes...a su título, o científico...?- Él hizo un pequeño gesto con las manos.
El otro hombre se echó a reír, su cara de bulldog hendido con una sonrisa. -¿Por qué no Warlock?-
Los dos se rieron. -Adecuado-, asintió con la cabeza Franco. -La "Operación Meltdown" con usted, su fuerza creativa y la directiva de Warlock.
El hombre detrás de la mesa puso sus manos sobre la parte superior de la mesa. -Así sea-. Él asintió con la cabeza de una manera rápida, como un pájaro. - ¿No tuvo ningún problema?-
-Nada en absoluto. El helicóptero estaba a tiempo, no había colas. A estas alturas ya debe saber que siempre tengo cuidado.-
-Muy bien.- El picoteo de pájaro otra vez. -Entonces, confío, mi amigo, que esta será su última visita aquí.-
Franco mostró una peculiar pequeña sonrisa. -Tal vez. Pero quizá no del todo. Falta la cuestión del pago.-
El hombre de detrás de la mesa abrió sus manos, los dedos extendidos, las palmas hacia arriba. -Me refiero, por supuesto,  a que su última visita hasta que el deshielo se haya completado. Sí, por supuesto, está la cuestión de recoger su parte. Pero la ubicación en primer lugar y un pequeño detalle. Esa es una de las cosas que tenemos que hablar, una de las razones por las que estará aquí durante un período un poco más largo esta vez, Franco.
-Naturalmente.- La voz de Franco era fría y la palabra salió en cinco sílabas, curiosamente al igual que los pasos lentos y cautelosos de un hombre prueba un paso en el hielo a través de una grieta profunda.
-No hay mucho de qué hablar. Europa, presumo, ¿está todo completamente arreglado?
-Todo el mundo listo, sí .
-¿Y los Estados Unidos?
-Listo ya la espera de las instrucciones finales.
-¿Los hombres...?
Franco se inclinó hacia delante. -Esos hombre, como ya le he dicho, he estado esperando por ellos durante mucho tiempo y siempre fueron la menor de mis preocupaciones. Cada uno de ellos es dedicado, dispuesto a dar su vida por la causa. Para todos los efectos, se consideran ya a sí mismos mártires. Sin embargo, las diversas organizaciones que han proporcionado el personal para su operación, las organizaciones fuera de la ley para la mayoría de los gobiernos occidentales y considerados como terroristas, están ansiosos. Ellos quieren garantías de que van a recibir su parte del dinero.
-Yo confío el la palabra que tú les has dado, Franco.- Desde detrás de la mesa la cara de bulldog perdió toda su expresión. -Nuestro compromiso fue claro. Me parece recordar que hablamos de esto largo y tendido hace más de un año. Proporcioné el plan, el... ¿cómo decirlo en estos días? El know-how(2), también proporcioné los medios. Usted es el intermediario, el hombre de contacto. Ahora, tenemos cosas más interesantes de que hablar.

(1) Janet Reger es una famosa diseñadora de lencería intima.


(2) El Know-How (del inglés saber-cómo) o Conocimiento Fundamental es una forma de transferencia de tecnología. Es una expresión anglosajona utilizada en los últimos tiempos en el comercio internacional para denominar los conocimientos preexistentes no siempre académicos, que incluyen: técnicas, información secreta, teorías e incluso datos privados (como clientes o proveedores).

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